CONTARME LA VERDAD

Manteniéndonos en la negación de nuestra realidad no encontraremos liberación, sino por el contrario, enfrentándonos a nuestra propia verdad con todo lo doloroso que lleva.

Sacar los sufrimientos vividos es muy doloroso, pero nos conduce  a aliviar los síntomas físicos y psíquicos  que nos perturban, y me atrevería a decir que quién hace suyo su dolor, quién se dice a sí mismo la verdad de su historia puede conseguir mejoría de sus enfermedades o desordenes de cualquier tipo.

Para poder  curar las heridas no podemos negarnos a verlas. Atender a la experiencia que hemos tenido en nuestra vida sea cual sea, nos lleva por caminos terapéuticos más sanadores, nos lleva al encuentro con la verdad y éste a la liberación del dolor.

En consulta intento darle a mis pacientes información de lo que ya sus cuerpos sienten, intento acercarles al mensaje de sus síntomas, y en ese justo instante  viven un momento de alivio mezclado con una sensación de justicia por un pequeño contacto con lo que podría ser su experiencia. Lo que quiero decir es que “no se trata de perdonar” sino de sacar, dejar salir los secretos bien guardados y que tanto daño nos hacen.

 

 A pesar de lo trágico que puede ser el descubrimiento de la verdad, ésta nos abre la puerta  de la consciencia.

 

Hay experiencias en la vida en las que nuestra reacción normal sería la rabia y el dolor. Pero el dolor puede ser insoportable y la rabia prohibida, por lo que contenemos los sentimientos y reprimimos el recuerdo traumático, incluso con el tiempo llegar a olvidar lo que ha sucedido.

Los sentimientos de rabia, impotencia, angustia, desesperación, dolor, que quedan desconectados de su verdadero origen, hacen lo imposible por expresarse, y de allí  vienen las enfermedades, las drogas, la prostitución, el suicidio, la criminalidad, trastornos psíquicos.

Es aquí donde está la responsabilidad de médicos, psicólogos, terapeutas, educadores, trabajadores sociales en atender a personas y no enfermedades, en ayudar como testigos empáticos y con conocimiento a hacer frente a la verdad, porque no basta con años de terapia, o propuestas esotéricas y espirituales que prometen curación camuflando, encubriendo la experiencia real vivida por la persona.

Muchas veces convertimos en estilo de vida perdonar injusticias, aguantar el dolor, soportar, no protestar,  aceptar culpas, creer mentiras, permitir manipulaciones y violencia, convencidos de que solo  aceptando, disculpando y perdonando aquello que no se puede digerir es la única forma de sobrevivir.

Las experiencias traumáticas  reprimidas están inscritas en el cuerpo y repercuten durante toda la vida de la persona. Contándonos la verdad, haciendo conscientes los traumas y experiencias dolorosas podemos poner fin a la perpetuación de síntomas, enfermedades y trastornos que nos limitan a vivir la vida que queremos.

Escuchar con respeto y cuidado lo que nuestro cuerpo nos quiere decir a través del dolor, la enfermedad, permitir que se expresen todas nuestros sentimientos, poniéndonos en contacto con las emociones que surjan, tomamos consciencia de la realidad y de nuestra verdad.

 

 Podemos aprender a verbalizar nuestra verdad y a descubrirnos a nosotros mismos en nuestra propia historia.

Podemos permitirnos conocer la verdad,  vivir con ella, admitirla y dejar de huir.

 

Aspirar  aprender siempre de los sentimientos, del pasado, de la vida, y de las necesidades verdaderas, decidir ver  la realidad sin velos, contarte la verdad, concede claridad del pasado y la vida presente.

 

 

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VIVENCIAR, NO PENSAR

Pensamos nuestra vida en lugar de sentirla. 

Vivimos percibiendo continuamente el flujo de las proyecciones que se representan en nuestros pensamientos y no dedicamos casi nada a las sensaciones, sentimientos o emociones que aparecen en nuestro cuerpo.

 Permitir que participe el cuerpo a la hora de pensar, incluir lo corporal en el psiquismo tal vez nos haría más auténticos.

Nuestro cuerpo también reflexiona…invita, guía, conoce…

 

 Mientras el pensamiento y el sentimiento se construyen principalmente en el cerebro, la vida emocional transcurre y se fragua en el cuerpo. Damasio (2003).

 

Dicen que “el cuerpo nos delata”, porque allí existe la interioridad de la persona. Hay una relación directa entre la vivencia y la anatomía que se dibuja en el cuerpo a partir de cada experiencia. Nuestras expresiones cotidianas nos recuerdan esa anatomía emocional que todos tenemos, cuando decimos: “llevo mucho peso en mi espalda”, “soy muy visceral”, “me patea el estomago cada vez que..”.

El Cuerpo nos habla, nos da información,  viviriamos los conflictos con menor dolor si los vieramos  desde la profundidad de nuestro cuerpo.

Cuando tenemos una situación difícil, nuestra mente no para de darle vueltas a todo en busca de una solución, los pensamientos se disparan, analizamos, probamos, huimos, con lo cual se hace más grande de lo que era y no solo no conseguimos solucionar nada sino que nos fatigamos sin conseguir alivio alguno.  

 

Escuchar, sentir, esperar…nos ayuda a que aparezcan espacios, llanuras en nuestro interior desde donde podemos respirar con lo que hay.

 

No se trata de crear una barrera, de ser indiferentes, porque nos daremos cuenta de que la  situación o conflicto seguirá allí. Se trata de dar espacio para respirarlo, dando prioridad al sentir y a la expresión. Y si lo que expresamos se corresponde con lo que sentimos, nos acercamos al núcleo real de la emoción.

Pero lo que habitualmente hacemos es pensar una cosa mientras hacemos otra y sentimos una tercera. Y de esta forma ¿Cómo no va a ser normal que haya dolor en nuestras vidas?

Vivimos un desengranaje entre mente, cuerpo y corazón, y para integrar  cuerpo y  mente necesitamos atención, una atención acogedora que permita poner en marcha una actitud humanista hacia uno mismo.

Cuando estamos atentos a nuestro cuerpo o a lo que nos perturba, sin esperar ningún resultado, nos invade un silencio profundo, que hace que la mente deje de ocupar el lugar absoluto, permitiendo que se revele un espacio interior, un lugar de silencio.

Si aprendemos a ver las cosas y a saber sentirlas desde ese lugar de silencio, podremos gestionarlas mejor. No identificandonos con el conflicto,  colocandolo en un lugar donde podamos observarlo,  se produce un sentimiento de estar a salvo, que nos permite profundizar, dejando de enfocar nuestros problemas desde la cabeza y desarrollando una paciente atención al cuerpo, que hará que poco a poco se alivie el dolor de “aquello” que molesta.

Te invito a preguntarte: ¿Cómo es mi vida últimamente?. Deja unos minutos para que tu cuerpo revele la sensación que mejor recoger la vivencia global.

Haz lo mismo luego respecto a una persona o a una situación en concreto, ¿Cómo es lo que sientes en el cuerpo, cuando piensas en eso?. Descríbelo.

Escucha el silencio de tu cuerpo, atiende lo que sientes, y descubre el significado  que tienen para ti las experiencias que vives.

Vivencia, no pienses.

 

 

 

MEDICINA Y SOCIEDAD

En la medicina occidental a la que estamos acostumbrados, estudiamos y tratamos a las enfermedades, en lugar de a las personas. A dos pacientes con dolores articulares, se les trata con el mismo medicamento y las mismas indicaciones, cuando la esencia de la enfermedad es distinta en ambas personalidades.

 

 Osler dijo una vez:

  “No me digas que tipo de enfermedad tiene el paciente,dime que tipo de paciente tiene la enfermedad”

 

Los síntomas  no dicen nada por sí solos, hay que leerlos junto a la historia de la persona, sino estamos negando el papel que juega cada paciente en su propia desarmonía.

 No todos somos iguales, ni nos desarrollamos iguales. La persona es única e integral y no síntomas o signos ajenos. Mitigar los síntomas no debería ser una prioridad, y nunca más importante que conseguir el equilibrio interno. El objetivo tiene que ser llegar a la causa verdadera de la enfermedad que está en relación con algo intrínseco al individuo y al estilo de vida que genera.

 

 La enfermedad adquiere una relación totalmente diferente con la vida de cada persona

 

 El crecimiento tendría que ser la meta, interesarnos menos en la eliminación de los síntomas y más en cómo utilizar su significado. De allí la importancia del médico en el proceso de curación del paciente. La tecnología de hoy día, utiliza los experimentos en lugar de la experiencia, e insiste con sus avances en que el profesional de la salud no es esencial en el proceso de curación, cuando todos sabemos que consciente o inconscientemente la intención de éste interacciona con la del paciente para bien o para mal.

Acostumbrados a valorar que un paciente no estaba realmente enfermo si la presencia del profesional ha tenido una consecuencia directa en el proceso de curación, el médico que acompaña puede ser visto hasta como curandero, el paciente considerado como mentalmente inestable y la enfermedad imaginaria.

Por una parte tendríamos que exigir una medicina que aliente al médico a poner en juego todos sus sentidos en presencia del paciente, porque sino el profesional  no es más que un robot al servicio de compañías farmacéuticas. El médico no debería ser un fin en sí mismo, sino un medio para alentar la autoexploración, y ayudar al paciente a que acceda al significado de los síntomas.

La validez de la práctica médica de hoy día consiste en la habilidad intelectual para elegir un fármaco, droga o procedimiento correcto, y esto a su vez proporciona una satisfacción personal y respeto para el médico en relación con el gremio. Y si un paciente se recupera sin estas aportaciones objetivas, la profesión y el profesional se preguntan si el paciente realmente estaba enfermo y esto genera desde luego un abismo entre el médico y el paciente, crea un conflicto y no una armonía terapéutica.

Al mismo tiempo, si queremos lograr un cambio en la medicina a la que estamos acostumbrados, también debemos asumir nuestra responsabilidad como personas en el proceso de enfermar, comprender de que manera contribuimos a nuestra aflicción, prestar atención al rol que tenemos  en los acontecimientos de nuestra vida.

Los síntomas nos acercan  de manera positiva y no negativa a los procesos humanos. Por lo que deberíamos examinarles como restituciones y no como destrucciones.

Para  poder obtener una medicina que sea más sensible, tenemos que responsabilizarnos nosotros mismos. No podemos querer una medicina diferente sino cambiamos como personas, no podrá cambiar la medicina sino cambia la sociedad, no puede cambiar una sin la otra.

Cómo médicos o profesionales de la salud, utilicemos constantemente  la vista, el oído, el olfato y el tacto como las herramientas más importantes de comunicación, para encuentro más humano y personal con nuestros pacientes, quienes confiando, ponen en nuestras manos el cuidado de su persona. El sistema de diagnostico  tendría que estar constituido en sí por los sentidos, la mente, el corazón y el espíritu del profesional sin maquinaria. La clave tendría que ser la consciencia del médico en sí mismo y no en maquinas ni experimentos.

Como personas tenemos que mirar la propia vida con objetividad, aceptar y asumir la responsabilidad que tenemos  en ella, reconocer nuestro rol en la creación de nuestras propias dificultades y que solo nosotros tenemos el poder para cambiar cualquier situación, ese sería un primer paso esencial en todo proceso de curación.

 

 “El mayor descubrimiento de cualquier generación es el de que los seres humanos pueden cambiar sus vidas cambiando sus actitudes mentales”. Albert Schweitzer

 

Se trata  de mantener la atención sobre los mecanismos que nos originan tensión, dolor para poder resolver lo que nos pasa. Examinar diariamente nuestras propias experiencias, revisar lo vivido durante el día, repasar los acontecimientos más significativos del día, de esta manera nos hacemos conscientes de lo que realmente sucede en la película de nuestra vida.

Y si por ejemplo nos duele un brazo, examinémoslo. Puede que con la llamada que el dolor nos ha hecho, nos enteremos de que existe una herida que nos toca atender. El dolor cuida de nuestro cuerpo, nos avisa de los puntos que requieren nuestra atención, nos aporta un trabajo interno que posibilita el crecimiento y la expansión de la consciencia.

Cuando el dolor se haya ido, tal vez seamos más compasivos con nosotros mismos y sensibles a otras personas que  aún lo tengan, gozando de una mayor empatía y de un corazón más abierto y sin corazas.

Un paciente  que consulta por un cuadro doloroso articular generalizado,  sensación de continua de mareo, me dice que está enfadado y de mal humor todo el día.

 

“Nunca he sido así doctora!  Y ahora de pronto me cambia el ánimo,  no me apetece hacer nada, ni siquiera jugar con mis nietos”

 

 Me dice que estaba seguro de que su trabajo lo iba a tener para toda la vida. Su abuelo había fundado la fábrica, su padre y su tío continuaron con la labor de su abuelo y ahora a él le había tocado cerrarla por la situación económica actual y otros factores asociados.

 

 “He dedicado 40 años de mi vida a esa empresa, era mi día a día y ahora no se qué hacer”

 

¿Que nos permite trascender momentos como estos y avanzar hacia una nueva dirección? ¿Sabemos lo que tenemos que hacer para sentirnos bien?

¿Cómo podemos aliviar nuestro malestar?

 

Si en este momento me siento triste y en lugar de sentir la tristeza y ponerme en contacto con algo que está ocurriendo en mi vida, presto atención a lo que puede afectar mi identidad, y califico como negativa mi tristeza, dejo de estar en contacto con la verdad esencial.

Tal vez nos ayudaría a aceptar la vida tal y como se nos presenta, si nos permitiéramos sentir la emoción en lugar de querer eliminarla o condenarla.

 

¿Por qué nos resulta tan difícil aceptar nuestra experiencia tal y como es? ¿Dónde está la esencia de la curación?

Tal vez este en parar de luchar con nuestra experiencia y dejarla ser tal cual es…

 

Cuando éramos pequeños y teníamos sentimientos que no podíamos gestionar, nuestro sistema nervioso se desbordaba, y aprendimos a protegernos de lo que no nos gustaba. Tal vez mi paciente cuando era niño no podía hacer frente al enfado, y desarrolló una identidad que rechaza todo lo que no le gustaba de su experiencia, convirtiéndose en una persona buena que evita enfadarse y mostrar su rabia. Una identidad que se identifica con los aspectos de su vida que más le gustan y rechaza aquellos que le desagradan.

 

 Puede que lo que le sucede a mi paciente nos pase a todos, el trabajo define nuestro proyecto vital, nos da una sensación de dirección y propósito, refuerza nuestra autoestima, la confianza que tenemos en nosotros mismos, da estructura y organización a nuestra vida y nos proporciona un entorno social con el que interactuamos y desarrollamos nuestras capacidades. El trabajo nos habla de lo que hemos conseguido, lo que hacemos cada día y lo que queremos conseguir, su pérdida hace que se tambalee nuestra identidad y los planes de vida.

 

No es fácil reconocer nuestro dolor…pero tal vez sea el primer paso que debemos dar.

 

Si nos relacionamos con nuestra experiencia de un modo diferente, mas permisivo o amable, y permanecieramos  presente con lo que hay, tal vez experimentaríamos por nosotros mismo las enseñanzas que nadie ni nada nos puede enseñar nunca, porque es una información que proviene directamente de las emociones, personas y situaciones con las que nos encontramos.

 

Y ¿Cómo podemos  estar presentes con nuestra experiencia?

 

Podríamos empezar permitiéndonos “No saber”, y  a la pregunta: ¿Cómo me encuentro ahora?, responder: No lo sé, soltando cualquier pensamiento que acuda y dejándonos estar en contacto con la experiencia tal cual es.

Querer cambiar algo sin estar completamente presente, es como tomar un analgésico para quitar un dolor de cabeza, puedo aliviar los síntomas pero no conseguir la auténtica salud.

Las  emociones que genera una situación de pérdida como las que vive mi paciente, están relacionadas con su  dolor crónico, su sensación de mareo, e inestabilidad. 

El primero y quizás el más difícil de los pasos que debe seguir mi paciente para curar sea estar presente con su experiencia tal cual es.

En el mismo dolor se asienta nuestra curación…

 

 

Creemos que estar sano es no tener ningún síntoma o molestia y que es señal de enfermedad cualquier sensación en nuestro cuerpo.

 Es una idea reforzada continuamente por la medicina occidental:

 “La Salud es el Silencio del Cuerpo”.

Según estudios e investigaciones realizadas en  Medicina Psicosomática, solo el 5% de las molestias que padecemos son enfermedad, del 95% restante, un 70% de las molestias se deben a causas naturales o ambientales (funcionamiento corporal diario, hábitos de vida poco saludables o el medio ambiente) y el 25% obedecen a temas psicológicos. Estadísticamente solo se encuentra un trastorno importante en menos de cuatro ocasiones de cada mil en que aparece un dolor  o cualquier síntoma físico.

Cuando pensamos en que padecemos una enfermedad, intentamos encontrar una causa física o psicológica y empieza lo que se llama: Constructo de la Enfermedad.

Puedo observar fácilmente en mi consulta que cuando un paciente acude, solo me cuenta sus molestias físicas porque cree que solo eso será lo que tome en serio, aunque padezca también de molestias psicológicas.

Está comprobado que más de la mitad de las personas que se encuentra mal emocional o psicológicamente solo le cuentan al médico las molestias físicas.

También sucede que hay personas, que aunque en la consulta les pregunte por sus problemas psicológicos, prefieren no contármelos, porque lo viven como una debilidad o porque piensan que los demás podrían pensar que ellos son los culpables de la enfermedad.

Muchas personas no son conscientes de que sus molestias físicas están en relación a la ansiedad, depresión, estrés; otros si lo son pero prefieren no empezar hablando de ellos. Solo si en la conversación que tengo con mis pacientes me muestro sensible a los temas emocionales y psicológicos, me confiesan que están tristes, nerviosos, o me cuentan parte de sus historias personales que les pueden estar afectando en esos momentos.

 

 

Muchas veces los médicos en la consulta tienen pacientes con importantes molestias físicas, realizan una exploración física y pruebas complementarias esperando conseguir las causas de los síntomas, pero no las hallan. El médico consigue discrepancia entre lo objetivo y lo subjetivo y como la medicina convencional está poco preparada para estas enfermedades, no sabe que hacer, y le dice al paciente que no tiene nada, “que todo esta en su mente, o son los nervios, y que sus molestias están solo en su cabeza.

El paciente después de esta experiencia considera que el médico no le ha entendido y se va en busca de otro que le comprenda mejor, iniciando un recorrido de visitas médicas y de pruebas complementarias que acaba exacerbando sus síntomas, provoca que se deprima aún más y entra en un círculo vicioso sin salida, porque por desgracia tiende a ocurrir lo mismo con la mayoría de los profesionales de la salud a los que visita.

Como médico reflexiono: ¿Por qué la mayoría de las personas, incluidos los profesionales de la salud, prefieren creer en el poder los medicamentos, de las pruebas complementarias, de los especialistas, en lugar de dejarnos guiar por el cuerpo?

Mis experiencias personales y profesionales me han enseñado que el cuerpo es fuente de mucha información, Desde mi vivencias personales, sólo cuando admití  las emociones que tanto tiempo llevaban guardadas en mi cuerpo, y pude sentirlas, empecé a liberarme de situaciones del pasado.

Los sentimientos auténticos no pueden manipularse, forzarse, reprimirse. Están allí y surgen por algún motivo, aunque éste suela estar oculto a nuestra percepción. Llegar a este punto de comprensión con uno mismo, es de gran alivio y liberación.

Mi reflexión me lleva a replantear el trabajo médico con la realidad corporal de mis pacientes. Incluyendo lo psicosomático como un criterio para establecer estrategias de intervención en salud que aporten una información más integral y del conjunto de la persona. No seguir perpetuando la segmentación de la salud de las personas, haciendo oídos sordos a expresiones sintomáticas ajenas a las especialidades de cada profesional. Se trata más bien de permitir la entrada de estas experiencias que manifiestan algo de la realidad de las personas que buscan ayuda en los servicios sanitarios públicos y privados.

En el ámbito de la medicina, vale la pena profundizar en las narrativas que nos traen los pacientes, para darnos cuenta de su manifestación psicosomática. Con este simple gesto evaluamos las representaciones, los significados, las emociones, y las experiencias asociadas a las expresiones corporales.

Avanzar en el abordaje clínico de la dimensión corporal y lo psicosomático de nuestros pacientes, es un paso indispensable, reforzando una mirada integral en el diagnóstico y la intervención, manteniendo una comunicación interdisciplinaria constante, y utilizando la interconsulta como herramienta terapéutica cada vez que nos enfrentamos a un cuerpo que se enferma, que se resiste, que se lesiona, que sufre; en fin, un cuerpo que vive los conflictos, que no está fuera de ellos sino que es parte de ellos.

 

CONFIAR

Hoy una paciente me hizo reflexionar sobre el valor de la Confianza en uno mismo y en los demás.

 Hoy tuve  la oportunidad de conocer en consulta a una persona que acudió a mí estando de baja por enfermedad, después de múltiples consultas médicas, y diagnosticada con Crisis de Ansiedad, en tratamiento con ansiolíticos y antidepresivos.

 Una persona que intenta comprender de donde vienen sus crisis de ansiedad sin causa aparente, y que una de sus primeras expresiones en la consulta fue: “Siento que no puedo confiar”, “Me siento muy insegura”.

Tuve el privilegio de escuchar su historia personal de traumas físicos y emocionales, que me sumergieron en una profunda reflexión. Por unos minutos solo escuchaba su relato, su sentir, y veía la expresión corporal de una persona física y emocionalmente afectada, y pensé: una niña que vive en un hogar lleno de ira o de abusos puede tener todos los síntomas de un veterano de guerra traumatizado. Como no comprender desde allí, la Ansiedad que manifiesta mi paciente.

 Sabemos médicamente que el organismo humano está diseñado para sobrevivir a situaciones potencialmente mortales, respondiendo de forma automática con la lucha o la adaptación. Una vez que este sistema de alarma avisa, todo el cuerpo está preparado para la supervivencia de los próximos minutos. Debido a la activación del sistema nervioso simpático, se liberan las hormonas llamadas adrenalina y noradrenalina cuya función es la de preparar el organismo para la huida o la lucha ante una amenaza (aumenta el metabolismo, aumenta el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria, aumenta la sudoración, mejora el flujo de oxígeno a los músculos principales, etc). Se produce también la liberación de otras hormonas llamadas glucocorticoides, estas hormonas intervienen en el metabolismo de la glucosa, que es la que proporciona energía al organismo (imprescindible para enfrentarnos a la amenaza) y tienen un efecto inhibitorio sobre el sistema inmunitario. Esto es maravillosamente adaptativo en medio de una zona de guerra o cuando estamos siendo perseguidos por un Tigre.

El problema surge cuando la zona de guerra es el hogar, o cuando es la lucha constante de una niña por sobrevivir. Esa niña, ahora adulta, sigue teniendo respuestas de sobresalto exageradas. El veterano de guerra todavía reacciona como si estuviera en la zona de combate.

Pesadillas, fobias, temores que aparentan estar infundados y reacciones exageradas a un estímulo que provoca el recuerdo del terror original, siguen afectando a mi paciente.

 CONFIAR…

Según la Real AcademiaEspañola, significa:

 “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo”

 

Uno de los efectos a largo plazo en las personas que han vivido traumas en la infancia es la dificultad de establecer la confianza adecuada en las relaciones.

Cómo CONFIAR cuando la confianza ha sido traicionada por las personas de quienes dependía la niña.

 Claro!! que es comprensible la sensación de No Confiar de mi paciente, de allí la ansiedad que presenta. Sus experiencias de vida le han enseñado a No Confiar.

 Atender la causa real que ocasiona la Ansiedad de mi paciente, es el principal objetivo de la consulta. Y atender no solo significa medicar y verle en la  consulta. Sino ampliar el espectro de nuestro sistema médico actual, para que de cabida a los factores emocionales y espirituales, cruciales para la buena salud.

La incapacidad física, puede ser de gran valor para nuestro paciente, si le ayudamos a cambiar la percepción que tiene acerca de la enfermedad. Permite al paciente abandonar viejos modos de evaluarse a sí mismos y emprender nuevos viajes de autodescubrimiento. Mejora sus vidas el hecho de entrar en contacto con una parte de sí mismos que va mucho más allá de los roles y que es para ellos mucho más importante que su condición física.

No valen planteamientos mecanicistas de la curación. Cuando en la consulta médica dejamos fuera los aspectos emocionales, y nos centramos solo en lo físico y en el tratamiento médico, lo mejor que podemos ofrecer como profesionales de la salud y como personas,  queda limitado. 

 

Con frecuencia oímos que la experiencia es el mejor maestro, sin embargo tener una experiencia no garantiza la cantidad ni la calidad del aprendizaje que se deriva de ésta.

 

Aldous Huxley dijo en una ocasión:

 “La experiencia no es lo que sucede a un hombre, sino lo que un hombre hace con lo que le sucede”

 

Mesa Verde es una maravilla, única, misteriosa y espectacular. Declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1978. Pese a muchas investigaciones que se han hecho sobre esta civilización, hay todavía muchas cosas que desconocemos.

 

En 1996, el Parque Nacional celebraba su nonagésimo aniversario, tiempo durante el cual los arqueólogos habían inspeccionado cada unos de los rincones de ese paraje. En ese verano, un rayo desencadenó un fuego arrasador en Soda Canyon, en 4 días se destruyeron casi 2.250 hectáreas. El carbón y las cenizas cubrieron las paredes de este histórico lugar. Por si la pérdida de estas construcciones no fuera suficiente para arruinar décadas de estudios científicos, en un lugar denominado Battleship Rock, un gran panel petroglifo con unas tallas de más de un metro de alto, se agrietó, desprendiéndose de la roca donde estaba situado, cayendo al suelo y quedando destrozado. Para los arqueólogos fue una enorme y lamentable pérdida. El dolor estaba justificado.

Imagina, que tú eres uno de esos arqueólogos. Pese a que te consta que el tiempo curará el dolor, como sucede con todos los sentimientos, continúas repitiéndote que el objeto ha desaparecido para siempre. Entonces encuentras un nuevo yacimiento, un poblado repleto de estancias, y cerca un kiva (habitación) subterráneo. El fuego quemó las maderas que cubrían y ocultaban unos enclaves ignorados de gran valor.

Nunca podremos reemplazar las pérdidas, pero los nuevos yacimientos son únicos y proporcionan valiosos conocimientos sobre una cultura misteriosa. El fuego que parecía devastador, dejó al descubierto 400 enclaves no documentados hasta entonces.

 

 “Bajo una aparente tragedia es posible descubrir nuevos tesoros”

 

Nunca estamos preparados para lo que llamamos desgracias inesperadas, la pérdida de seres queridos, proyectos, capacidades, pérdida de salud.

Reconocer que las pérdidas se pueden producir, aceptar el dolor como un proceso natural y saludable, estar abiertos a nuevos descubrimientos, buscar algún signo de esperanza, incluso en las peores situaciones son algunos de los recursos que podemos desarrollar con las experiencias que nos proporciona la vida.

 

 “Incluso en la tragedia, en la enfermedad, con las pérdidas… 

 …es posible encontrar riquezas”.

 

 

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