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RESILIENCIA

marRecuperar el control de nuestra vida y no dejarnos permanecer en una posición de víctima tras golpes duros, se llama Resiliencia, que echa mano de nuestros  recursos, de todo lo  que hay en nuestro interior, saca de nosotros mismos y de nuestro entorno las fuerzas que nos permiten resistir el estrés y desarrollar nuevas capacidades de adaptación.

La resiliencia es un proceso continuo, dinámico y evolutivo, refiere Emmy Werner, psicóloga americana, considerada la madre de la resiliencia. No es absoluta ni se adquiere de una vez para siempre. Solo se manifiesta en presencia de condiciones de vida difíciles, de duras pruebas vitales, de golpes intensos o traumas. Puede estar presente en  una parte de nuestra vida y ausente en otra, puede fluctuar según las circunstancias, manifestarse en un periodo de la vida y desaparecer en otro, incluso puede ser inexistente  en algunas personas  y no revelarse nunca.

La persona resiliente, no solo tiene la capacidad de resistencia, sino que cuenta con aptitudes para salir adelante a pesar de la adversidad.

La resistencia al golpe y la capacidad para incorporar el episodio estresante a la construcción de la vida, son las dos características de la Resiliencia.

El psiquiatra Michel Lemay, dice que no se trata de encajar golpes, ni de resistir pruebas que la vida nos ponga, sino de metamorfosearlos.

Las situaciones relacionadas con resiliencia causan un estrés emocional intenso y desequilibrio psíquico duradero que dejan marcas en los planos emocional, cognitivo o sensorial, abarca una gama de circunstancias estresantes como  la guerra, las catástrofes naturales, las enfermedades, los accidentes graves, las agresiones físicas o sexuales, el acoso, la muerte de un padre o madre, la prematura pérdida de un ser querido, el maltrato, la desatención a los niños. También abarca situaciones en apariencia menos dramáticas pero en la practica tan  devastadoras como las anteriores, la pérdida de un empleo, una ruptura sentimental o familiar.

Una paciente, tras haberse enterado de las continuas infidelidades de su pareja, en consulta evaluó el daño que le había causado, y el  impacto emocional fue tal, que le produce la sensación de que todo se derrumba alrededor, y que ya nada tiene sentido en su vida, siente que pierde el control de su vida y que su mundo es impredecible.

Los traumas, particularmente los que nos causan otros seres humanos, producen perturbaciones en la experiencia relacional con los demás, porque nos hacen perder confianza en el ser humano y su capacidad de empatía.

La opinión de Masten y Coatsworth, en sus investigaciones sobre resiliencia, refieren que hay que haber vivido episodios difíciles, que hayan representado una amenaza significativa y tener una buena capacidad de adaptación para poderse considerar resiliente.

Tomarnos las situaciones de la vida por las que pasamos como una forma de desarrollo, creer en la posibilidad de seguir adelante, Ser Feliz a pesar de…

Siempre existe una ocasión para reparar los daños en la historia de cada uno, siempre está la esperanza.

Es posible vivir feliz y continuar proyectándonos hacia el futuro a pesar de las adversidades.

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ACEPTAR EL CAMBIO

Cuantas personas conocemos que se han dedicado a alcanzar una situación de bienestar, vivían felices hasta que un día, de repente, sin previo aviso, se producen cambios en sus  vidas. Por ejemplo: la muerte de un ser querido, un divorcio, el despido de un trabajo, el diagnóstico de una enfermedad, cambio de domicilio, o cuando un hijo se marcha de casa.

Se terminó las sensaciones de control y tranquilidad y toca aprender a convivir con otras como la incertidumbre y la inseguridad.

Desde siempre el cambio ha estado presente en nuestras vidas. Unos son repentinos como los accidentes de tráfico, otros son progresivos como las limitaciones que imponen una enfermedad crónica o el asumir  cada vez más responsabilidades en el trabajo. Algunos son transitorios como el embarazo y otros son permanentes como la llegada de la jubilación. Unos son menos significativos como comprar un televisor y otros más significativos como casarte. Algunos pueden constituir motivos de alegría como el nacimiento de un hijo, o pueden ser traumáticos como la muerte de un ser querido.

Dependiendo de la situación que cambia, pero también de las características de la persona que lo vive, se produce la adaptación a ese cambio. Nuestra capacidad de adaptarnos y la respuesta a esos cambios depende de muchos factores y es diferente en cada persona.

“Notar enseguida los pequeños cambios ayuda a adaptarse a los cambios más grandes que están por llegar”.

Spencer Johnson

En la capacidad de adaptarnos influyen las características personales, la cultura en la que vivimos, el entorno económico y social en el que nos movemos, así como también las experiencias por las que pasamos a lo largo de nuestra vida.

Te has preguntado alguna vez:

¿Cómo reacciono ante los cambios?. 

Es habitual reaccionar con sentimientos de pérdida, ansiedad, rebeldía y lucha. Pero el cambio aunque a veces sea difícil comprenderlo nos da la oportunidad de impulsarnos hacia nuevas experiencias.

Y, ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?  

…porque tenemos miedo.

Tener miedo es parte de todo proceso de cambio, está en la naturaleza de las personas.

El cambio no es fácil, ya sea si nosotros lo elegimos o es forzado y no tenemos opción, porque la comodidad y el orden de nuestra mente están basados en la familiaridad, aunque no nos dé bienestar. Por eso nos quedamos con trabajos y relaciones que no nos satisfacen o nos quedamos con malos hábitos: como comer mal, beber excesivamente o fumar aunque sabemos que perjudican nuestra salud.

Para adaptarnos al cambio pasamos por fases que van desde la conmoción a la aceptación. Para algunas personas estos pasos son breves, pero para otras pueden pasar años.

Son muy frecuentes en las personas frases como: “más vale malo conocido, que bueno por conocer”, “yo soy así y siempre he sido así”, “es muy difícil cambiar”, “los demás son los que tienen que cambiar, no yo”.

Continuamente estamos cambiando, el cambio es inherente a nuestra vida. Cambiamos internamente, cambia nuestro cuerpo, transformamos nuestras metas, evoluciona nuestra familia, nuestro trabajo nos plantea nuevos retos y demandas.

Es fundamental comprender que los cambios ocurren constantemente y en lugar de oponerse, tratar de retrasarlos o impedirlos, es mejor prepararse, asimilarlos y sobretodo, tener la resolución y la voluntad para liderar cambios.

El cambio es la clave del crecimiento y el desarrollo humano. Pregúntate: ¿Cuál ha sido mi actitud ante los cambios? ¿He podido ver el factor “oportunidad”?

Es  inevitable el cambio, es una realidad en nuestras vidas, pocas cosas perduran para siempre.  Así que si el cambio es inevitable, usemos la oportunidad para nuestro bien. 

Conseguir que los cambios sean oportunidades depende de nosotros mismos, de nuestra decisión y de la forma en la que respondemos a los desafíos que los cambios nos plantean.

La vida nos brinda continuamente la oportunidad de re-inventarnos a nosotros  mismo, no la dejemos pasar.  

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CEGUERA A LA VERDAD Y EL CUERPO

Nos acompaña muchas veces la ceguera a la verdad, filtramos la realidad para mantener las relaciones con los demás. El no querer saber, el no recordar situaciones conflictivas, o traumáticas de la vida con el fin de proteger las relaciones. Nos contamos mentiras a nosotros mismos para no amenazar nuestros vínculos.

El no ver que tu pareja mantiene una relación que otros ven con claridad, o que te ha dejado de querer, el no darnos cuenta de la explotación de un empresario, el creer a un amigo cuando te miente en un momento significativo para ti, el no ver que un padre es alcohólico o una madre está ausente, o que un hijo consume drogas, son ejemplos de la ceguera a la realidad en la que muchas veces vivimos. ¿Debemos ser así?, ¿Es sano ser ciegos a la verdad?

Creo sinceramente que no es necesario, y no es sano, pero es una respuesta comprensible a una situación extraordinaria que puede estar amenazando nuestra supervivencia. A veces puede ser necesario anular nuestra capacidad de ver la realidad tal y como es en beneficio de sobrevivir, pero… ¿A qué coste?

Si en una tienda nos han vendido algo a un precio mayor de su valor real, nos sentimos traicionados y puede que decidamos no volver a comprar en esa tienda; pero cuando quien traiciona o nos engaña es un ser querido, importante o de confianza en nuestra vida, puede que la ceguera sea la mejor opción.

El mundo tiene cosas horribles y cosas maravillosas, y aunque nos cueste ver más allá, una verdad no acaba con la otra. A veces estamos tan sumergidos en el horror que no vemos lo maravilloso que nos rodea; o a veces somos afortunados en maravillas que nos vemos el horror. Sin embargo, lo veamos o no, ambos existen.

Una mujer con fibromialgia en consulta, ha llegado a tomar más de 20 fármacos al día, ha visitado médicos de todas las especialidades, que le han pautado medicación para cada síntoma que presenta, analgésicos, relajantes musculares…Esto es habitual si solo tratamos lo físico y olvidamos los aspectos psicoemocionales que acompañan.

Casada con 4 hijos, antecedentes de una infancia traumática, dice depender económicamente de su marido con quien tiene una relación muy conflictiva. En su cuerpo, un cuadro de dolor crónico generalizado, cansancio, alteraciones del sueño, colon irritable, pérdida de la memoria y la concentración, son algunos de los síntomas más destacados que presenta.

Intenta impedir el final de una relación, ciega a las evidencias de que su compañero sentimental mantiene relaciones con otra persona. La ceguera le permite satisfacer las necesidades inmediatas de supervivencia de sus hijos y las suyas propias.

En terapia, trabajamos el darse cuenta de las manipulaciones psicológicas que mantienen la percepción de dependencia que tiene, y atendemos su cuerpo que somatiza las emociones que a diario vive dentro de la relación: rabia, tristeza, dolor y que luego la medicina convencional ve como síntomas que trata por separado.  Era incapaz de mirar por miedo a conocer la verdad, no ver le permitía proteger la relación a cambio de enfermedad.

La falta de conexión interna le ayudaba a mantener una conexión externa con su pareja, trágica solución vital porque a cambio su salud esta afectada con crisis de ansiedad, y dolor crónico, tratadas con innumerables fármacos y visitas médicas que no aportan cura alguna.

El adaptarnos a no ver la realidad de lo que nos rodea, de las situaciones que vivimos, de los conflictos por los que pasamos, o las relaciones interpersonales que mantenemos, nos impide conocernos a nosotros mismos y a los demás de forma satisfactoria. Acabamos fragmentados, y empobrecidos espiritual y socialmente.

Pero ¿Por qué no queremos ver la realidad?, ¿Por qué la ceguera a la verdad?, puede que estemos evitando el dolor que puede ocasionarnos. Allí es donde aparecen los mecanismos de defensa que se activan con la información dolorosa y su función es precisamente amortiguar el profundo dolor que nos puede ocasionar ver las cosas tal y como son.

Ser conscientes de la verdad que nos rodea puede producir sentimientos de ira, frustración, y el deseo de evitar a la persona que nos ha traicionado o engañado. Es difícil ocultar estas emociones, por lo que evitamos que se manifiesten no siendo conscientes de la situación real. La ceguera nos protege de esas respuestas naturales que saldrían si decidimos ver la realidad que no hemos querido ver antes.

El no ser conscientes, la falta de conocimiento, el olvido, la conexión interna escasa, pueden ser adaptativas si lo que estamos viviendo es tal que la conciencia, el conocimiento y la integración amenazan nuestra vida.

Hay que correr el riesgo de conectarnos con nuestro interior, sin negar la realidad y alimentando la esperanza en el futuro. Podemos ver la verdad, asumiendo la responsabilidad de nuestra propia vida, porque aunque cierta división de la conciencia sea adaptativa, siempre estaremos disminuidos si estamos separados de partes de nosotros mismos y de los demás.

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TENGO MIEDO

Esa emoción o sentimiento que incluye un conjunto de sensaciones físicas en nuestro cuerpo y de representaciones mentales (percepciones, imágenes y fantasías, pensamientos, procesos mentales defensivos)…eso que de una u otra forma con una u otra intensidad vivimos cada vez que nos domina el miedo.

En ocasiones no sabemos que es lo que lo causa, y puede llegar a ser una emoción muy frecuente e incluso servirnos de ayuda en la vida, por ejemplo, para mirar atrás cuando cruzamos una calle. Pero sentimos también miedo con los exámenes, en los encuentros con personas autoritarias, ante los jefes, los enfados de los compañeros, ante la soledad, la vejez, la enfermedad, la muerte, el dolor, el destino, ante el mundo, tenemos muchos miedos…

El miedo que tienes te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos.

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
 Miguel de Cervantes.

El miedo es una respuesta emocional, ante una amenaza a nuestra integridad biológica, psicológica o social.  

Venimos genéticamente preprogramados para este tipo de emoción, y los padres y los primeros cuidadores, como el resto de personas y situaciones en la vida posterior se encargan de educar y corregir los miedos, de aumentarlos, disminuirlos o moldearlos.

Esa educación del miedo, es imprescindible para el individuo y la vida social porque el miedo va acompañado de una sensación de “aquello no se puede aguantar”…De allí la importancia de habernos sentido una y otra vez acompañados en las situaciones de miedo por alguien más capaz que nosotros (como la madre u otro cuidador) que   muestra que “aquello si se puede aguantar”  e incluso como hacerlo.

Una paciente me dijo esta semana: 

“creía que me volvía loca”…

Tiene que ver con el miedo a perder el control de sus propias emociones y que eso le genere conflictos sociales añadidos, por ejemplo el miedo a la ira que puede generarnos rupturas con personas de apego, o el miedo al miedo que puede dejarnos en “el qué dirán”. Todo esto puede llevarnos a chocar con la educación familiar y occidental en general, que están basadas en el control y la necesidad de control.

Este miedo tiene mucho que ver con que el miedo es uno de los elementos de la crisis de ansiedad. Todo el control del Yo que permite que vivamos en sociedad, que nos arropemos en ella, que nos sintamos una pieza en ella creemos que puede desaparecer si nos domina el miedo, la ira o la ansiedad…

Equivocadamente, tenemos la imagen de loco, como alguien que ha perdido el control de sus emociones, que acaba confundiendo su realidad interna con la externa, cuando lo que ha perdido es su capacidad para permanecer integrado, con una identidad, con un sentido del sujeto.

Son precisamente los miedos y  terrores no elaborados los que impiden o dificultan la integración del self, de la identidad. Luego esa falta de integración puede quedar tapada y nuevas presiones o temores hacen que exploten.

Mi paciente ha tenido brotes psicóticos porque durante meses o años ha estado sometida a ansiedades y temores indescriptibles, desintegradores. Fue abandonada una y otra vez al miedo,  terror que se alternó con situaciones de difícil comprensión como el abuso físico y sexual. El miedo ha conformado su identidad, el self, la personalidad, el miedo le alejó, le calló,  le  hizo resguardarse.

Hay padres, tutores, o cuidadores que no aplacan los miedos primitivos, sino que los exacerban, o añaden nuevos miedos.

Muchos de los miedos en nuestra sociedad, tienen que ver con un ambiente de inseguridad relacional y de falta de proximidad afectiva en la infancia.

Cuando sentimos miedo tendemos a pegarnos a los demás, a los grupos, o tendemos a vivir y hacérnoslo todo en soledad, con autosuficiencia. La confusión en los grupos y la negación del miedo, son dos reacciones ante el miedo que vemos en la sociedad. La persona se halla dominada no solo por el miedo sino por los conflictos del control, temor a perder el control

Una triste realidad es que en nuestra sociedad, esas personas que a veces llamamos “locos”, han controlado tantos años sus temores y conflictos internos que cuando salen al exterior no es que los estén expresando sino que ya no pueden seguir reprimiéndolos, disociándolos, negándolos, controlándolos….

Para defendernos del peligro y la amenaza, para disminuir el miedo, utilizamos  mecanismos de defensa, que una veces nos ayudan a afrontar los miedos y en otras ocasiones nos ayudan a hacerlos profundamente inconscientes. Uno de esos mecanismos de defensas es la somatización del miedo, sentir en el cuerpo alteraciones, sensaciones o enfermedades. Otra es disociando el miedo; es decir; alejándolo de la conciencia, por ejemplo atendiendo a otra cosa, “mirando hacia otra parte”, también es idealizando la familia, la seguridad, evitando sentir el miedo en la calle, la ciudad, por miedo a la verdad familiar.

Hay familias donde  se racionaliza el miedo, tendiendo a buscar y encontrar razones para justificarlos. Racionalización e intelectualización del miedo, van de la mano, dando contenido y tendiendo hablar y hablar de ellos.

Otros utilizan las vías del alcohol o el sexo para disminuir la ansiedad que les hace sentir miedo.

La intensidad y el grado del miedo que sentimos es muy personal, no es un criterio compartible con otros sujetos. Ante una misma amenaza hay personas que “tiemblen de miedo” y otras que mantienen la calma y el control.

Victor Frankl fue un psiquiatra judío que pasó la segunda guerra mundial en varios campos de exterminio, entre ellos Auswitz. Según él, no se salvaron de aquel infierno los más fuertes, ni los más cultos, ni los mejor preparados, sino aquellos que tenían una motivación más allá de su propia vida: “cuando salga escribiré un libro”, “cuando salga veré a mis hijos”, “cuando salga contaré esto al mundo”.

Las causas y las motivaciones del miedo son inconscientes, forman parte de situaciones y relaciones conflictivas que por la ansiedad que generaban han dado lugar a la expresión de miedos que la persona padece. Esos conflictos o motivaciones tienen que ver con relaciones alteradas o conflictivas infantiles o actuales. Los miedos son defensas inadecuadas ante situaciones ansiógenas, que en su momento fueron  útiles y permitieron a la persona sobrevivir a las situaciones conflictivas, traumáticas y dolorosas vividas, pero que en el presente su manifestación puede generan más sufrimiento que el que pretende evitar.

El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas

peor de lo que son

Tito Livio

Una de las experiencias más duras y difíciles en mi vida ha sido encontrarme con mi miedo, había estado conmigo muchas veces, pero no era  consciente de su presencia. El miedo me mostró el camino de regreso, me ha ayudado a comprender a esa niña que se sentía muy sola y dentro de una burbuja,  aprendí que ya no le necesitaba para protegerme y cuidarme.

En terapia, y con un terapeuta que favorezca una relación terapéutica sana en la que se pueda experimentar y vivir el sufrimiento que en realidad proporcionan estas defensas inadecuadas y que permita que el paciente se atreva a pensar, hablar y fantasear sobre las situaciones que le generan miedo es cuando se consigue desarrollar otras estrategias internas y relacionales para afrontar los miedos y dar salida a los conflictos por vías diferentes a los miedos.

 

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ENFADARSE

Esta semana he tenido pacientes en mi consulta que acudieron con patologías de corazón, de columna vertebral, enfermedades de colon, estados de ansiedad, y después de la exploración física y de recaudar la información sobre el seguimiento médico que han tenido, al  explorar los aspectos psicosociales que rodean sus vidas, compartieron conmigo algunas experiencias vividas donde el enfado ha estado presente. Esto inevitablemente me llevo a reflexionar sobre la importancia de expresar la rabia y dejar que se manifieste tal cual es.

El enfado es habitualmente juzgado como algo malo, que no deberíamos sentir, y cuando aparece no lo aceptamos, y nos culpabilizamos por haberlo sentido. No solo eso, sino que es muy difícil incluso conseguir a alguien que se interese en saber de dónde viene el enfado que sentimos, o porque está con nosotros en ese momento.

La normativa parece ser no darle importancia y cuando aparece iniciamos una guerra contra él, no permitiéndole estar o tendiendo a eliminarlo porque su presencia nos hace sentirnos malas personas, equivocados, o tal vez como aquel padre, madre o ser querido que cuando estaba enfadado era horrible, y el solo hecho de pensar que podemos parecernos a esa persona lo hace aborrecible.

“Estaba furiosa y exploté”

Ahora reflexionando, Yo recuerdo mi primer encuentro con el enfado, me di cuenta de que durante años no había expresado mi opinión, me escondí en el silencio que se vivía en casa, en ese momento también estaba furiosa y exploté, dirigí mi ira contra otra persona.

Cuando reprimimos el enfado, puede ser porque hemos olvidado y perdonado experiencias dolorosas, sin haber elaborado lo sucedido, no le dejamos manifestarse, lo ocultamos, lo callamos, dejándole a un lado, convencidos de que de esa forma no nos hará daño.

El enfado tiene sus razones, tiene motivos para existir, sentirle y dejarle ser tal y como es, nos puede ayudar a comprendernos, a suavizar el dolor, y a que las experiencias sean vividas tal y como son.

Es en terapia, y con un terapeuta que acepte el enfado como un sentimiento legítimo y normal en la vida de cualquier persona, cuando muchas veces empezamos a comprender su presencia y significado. Aprendemos que durante mucho tiempo ha estado con nosotros de diferentes formas y maneras, pero que no hemos querido atenderle y escucharle.

Aceptar, disculpar y continuar, es el modo que algunos usamos para sobrevivir

El enfado puede enseñarnos que hay detrás de esos mecanismos que nos han protegido durante mucho tiempo del dolor. Si le dejamos que se exprese tal vez conseguimos aprender a decir no, tal vez nos permita hacernos respetar, tal vez nos ayude a ver a través de las mentiras, o dejamos de auto-culpabilizarnos. Puede que empecemos a apreciar nuestros sentimientos y necesidades, en fin, a amarnos a nosotros mismos y a pronunciar con fuerza la verdad.

Reconocer la importancia del enfado, la rabia o ira como un sentimiento más en cualquier persona, no es algo fácil de conseguir. Estamos acostumbrados a verlos como sentimientos negativos y se nos vende el perdón como la sanación para la enfermedad, los conflictos y más aún si están involucrados los padres, hermanos o cualquier otro familiar.

A mí me llevó tiempo reconocer mi enfado. Ahora sé que puedo escucharle y mi forma de relacionarme con el enfado ha cambiado. Ahora le dejo expresarse, le comprendo, y cada vez que hablamos me ayuda a ver la realidad sin engaños, me permite estar con lo que hay sin más.

 

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LO VIVIDO TRANSFORMA TODA LA REALIDAD

Elie Wiesel, escritor del Holocausto, decía:

“Después de haber estado en uno de los traslados en tren, donde fuera el paisaje era verde y dentro estaba el horror, nada es igual”.

Un tren ya no sonará igual.

Cuando vivimos situaciones dolorosas y traumáticas, que amenazan nuestra integridad física o psicológica como una separación, divorcio, diagnóstico de cáncer, guerra, exilio, suicidio, muerte, abuso sexual, maltrato físico o emocional, podemos llegar a definirnos a nosotros mismos desde la experiencia vivida, o esa experiencia llegar a ser una forma de presentación de nosotros mismos.

Experiencias que rompen con los criterios de seguridad, con las creencias de invulnerabilidad y de control de la propia vida. Situaciones que son inenarrables, e incomprensibles por los demás. Tras un hecho como estos, algunos esquemas básicos del ser humano resultan cuestionados.

La experiencia es intransferible, solo el que la ha vivido entiende perfectamente  su significado

Lo vivido de una forma traumática, deja una marca imborrable, nos replegamos emocional y afectivamente y aparece la necesidad de reconstruirlo todo, de darle un sentido a lo sucedido. Nos cuestionamos a nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo.

Una sensación de vacío constante, puede surgir como mecanismo de supervivencia, si las emociones penetran pueden ser angustiantes, mejor es no dejarlas entrar,  produciéndose una inhibición emocional.

Se pueden producir cuadros de cansancio crónico, fatiga, dolor de espalda, fibromialgia, depresión, dolor de cabeza, que con una mirada comprensiva nos ayudaría a entender la respuesta normal del cuerpo ante lo vivido.

Si siento miedo, puede ser un mecanismo de protección y prudencia, si tengo pesadillas, puede que esté buscando darle un sentido a la experiencia, si dejo de sentir, tal vez mi mente este intentando desconectarse de la realidad y de poner distancia, si me aíslo y tengo ganas de estar solo/a, puede que sea para no perder el control, si me siento triste puedo pararme a pensar.

En lugar de juzgar los síntomas podemos verles como señales de nuestro  cuerpo, que intenta recuperarse, integrar y seguir adelante.

Desde la infancia vamos conformando nuestra identidad, a través de nuestra relación con el mundo, es un proceso dinámico, de intercambio, con confirmación, contrastes. Cada uno tenemos características propias que nos distinguen, pero necesitamos que quienes nos rodean lo corroboren. 

La identidad es relativamente estable, pero las situaciones traumáticas pueden provocar cambios radicales, cuestionar la visión de nosotros mismos y del mundo, y autodefinirnos con el hecho: víctima de violencia de género, exiliada, enferma de cáncer de mama, víctimas del terrorismo.

Integrar una experiencia traumática conlleva reajustes de la manera cómo nos definimos como persona, intentando recolocar lo vivido.

Hemos podido oír expresiones como: “Este hecho cambió mi vida”, “Este hecho ha influido el modo en que pienso y me siento respecto  a otras experiencias de mi vida”, “Después de esto no soy el mismo”, porque la experiencia transforma.

El significado que le damos a los hechos: humillación, rabia, culpa, tristeza, nos ayuda a   comprender lo vivido, y hablar de ello puede ayudarnos a descargar emocionalmente, a darle sentido a lo sucedido, a integrar la experiencia en nuestra vida, validarla y confirmarla.

Y aunque nos cuesta ver lo positivo una experiencia traumática puede llevarnos a cambiar la percepción que se tiene de uno mismo, cambios en las relaciones personales y cambios en la filosofía de la vida.

Lo que se pretende no es volver a ser el de antes

si no poder vivir con ello

 

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Eloy Pacho Jiménez,  especialista en Medicina Interna y máster en Bioética.

 En 2009, fue diagnosticado de cáncer de colon con metástasis hepáticas por lo que precisó tratamiento quirúrgico y 8 ciclos de quimioterapia.

El ideal  en cualquier enfermedad es su prevención. Dice una voz popular: “Más vale prevenir que curar” y es una gran verdad. Se calcula que 7 de cada 10 casos de cáncer podrían evitarse si adoptáramos medidas preventivas como dejar de fumar, beber alcohol con moderación, seguir una dieta sana y equilibrada, hacer ejercicio físico de forma habitual y evitar una exposición excesiva al sol.

Pero hay que decir, sin que por ello nos desanimemos, que a pesar de seguir todas las recomendaciones anteriores, seguirá habiendo casos de cáncer.

En este sentido, una vez que aparece la enfermedad, es fundamental tener una visión integral del paciente, no sólo desde el punto de vista físico, sino también psicológico, social y espiritual, estableciendo una buena comunicación con él y su familia, que nos permita realizar un abordaje médico y psicológico más completo.

 

Desde el punto de vista médico, el paciente ante la posible presencia del cáncer en su vida, inicia un largo camino de citas y pruebas médicas para establecer el diagnóstico lo antes posible e iniciar el tratamiento óptimo que tenga mayor probabilidad de alcanzar la curación.

Para obtener un diagnóstico precoz es fundamental seguir los programas de “screening” de cáncer de mama, cuello de útero y colon y, por supuesto, consultar al médico ante síntomas sospechosos como dolor, tos o ronquera persistentes, sangrado anormal, cambio en el ritmo intestinal, lesiones cutáneas o pérdida de peso no justificada.  

La clave del diagnóstico es la biopsia, que consiste en tomar una muestra del tumor para su estudio microscópico.  A veces, para la localización del tumor se hace necesaria la utilización de técnicas como la endoscopia o la radiología intervencionista que permiten llegar prácticamente a cualquier parte del cuerpo humano.

Una vez confirmado el diagnóstico de cáncer mediante la biopsia, el siguiente paso es establecer la extensión de la enfermedad mediante pruebas complementarias de gran fiabilidad como el TAC, la resonancia magnética o más recientemente el PET-TAC, que permiten detectar la presencia de metástasis (diseminación del tumor a distancia), la presencia de éstas empeora el pronóstico dramáticamente.

El tratamiento será lo siguiente, y aquí hay que decir que se han producido grandes avances en las técnicas quirúrgicas, y que se ha desarrollado mucho la radioterapia y la quimioterapia,  aunque el tratamiento deja secuelas y se acompaña de una serie de efectos secundarios que conviene conocer.

En la evolución de la enfermedad, tras el tratamiento inicial, pueden aparecer recidivas o producirse un fracaso terapéutico que conduce a una situación terminal. En esta fase, el tratamiento debe tener un enfoque paliativo dirigido al alivio del sufrimiento, con una idea de “cuidado total”.

El enfrentarse al cáncer implica para la persona el reto de superar una serie de crisis vitales y emocionales, es por ello que el médico debe ser consciente de la importancia de saber comunicarse y “escuchar al paciente”

El saber acompañar a un paciente oncológico, el apoyo psicológico y emocional, deberían ser el primer eslabón de la “hoja de ruta” en el tratamiento de estos pacientes.

La experiencia de tener cáncer, tanto en el diagnóstico como en las fases de recidiva es para la mayoría de los pacientes, un momento  vital profundo que mueve su estructura  psíquica y moral y la de sus familias. La palabra cáncer es de gran impacto negativo, porque se asocia directamente con el sufrimiento y la muerte, sin embargo la reacción posterior es completamente individual. El temor a morir, a sufrir mucho por los dolores, son sentimientos que se repiten y conducen  a la ansiedad, depresión y  aislamiento. Todo esto dentro de una tendencia a reprimir la expresión de los sentimientos.

La Dra. Elizabeth Kubbler Ross, Médico Psiquiatra, que falleció en el 2004, investigó y estudió  sobre la muerte y los cuidados paliativos, fue reconocida en el mundo por sus experiencias científicas que han permitido confirmar que la muerte es un pasaje hacia otra vida, describió este primer período de impacto y de represión de los sentimientos como la fase de negación y aislamiento.

Esta fase es seguida  por una fase de ira y turbulencia, en  la que la persona se expresa mas con actos que con palabras, aparece la irritabilidad, la sensibilidad excesiva, alteraciones del apetito y sueño, incapacidad de concentrarse y de realizar actividades cotidianas, por los miles de pensamientos intrusivos  relacionados con la enfermedad.

En un intento de posponer los hechos, el paciente pasa por  una fase de pacto o negociación con el tiempo, la promesa de que no pedirá nada más si se le concede un aplazamiento.

Después de estas primeras fases, cada paciente, según los tipos de tumores y el estadio de la enfermedad experimentan de manera diferentes las consecuencias de la enfermedad y del tratamiento. Para algunos, su preocupación es más debida al aislamiento social por las restricciones que impone el tratamiento. Para otros las alteraciones del estilo de vida. Otros lo relacionan con la necesidad de estar más cerca de la familia. Para muchos es la pérdida de la independencia.

Llega un momento en que aparece la necesidad de llorar y expresar la tristeza, algunas personas lo viven con naturalidad y facilidad y otras intentan esconder o se lo permiten únicamente en soledad.  Finalmente la persona puede reconocer la enfermedad y empezar el camino de la aceptación, aprendiendo a vivir con ella, reconciliándose consigo mismo y sintiendo paz.

El impacto de la enfermedad en el funcionamiento físico y en la calidad de vida del individuo requiere de una  atención psicológica adecuada y precoz.

Eloy Pacho y Yo sentimos la necesidad de ofrecer una Terapia de grupo para paciente y familiares que viven con el cáncer, que les permita integrar  el seguimiento médico con el apoyo psicológico humanístico-experiencial.

Los objetivos generales de esta terapia son favorecer la asimilación de la experiencia oncológica y la acomodación y transformación personal de la experiencia con la enfermedad.

La terapia de grupo infunde esperanza de cambio, favorece la expresión de las emociones, ayuda a confrontar temas existenciales, a ver que uno no es el único que sufre, a mejorar las relaciones con la familia y los amigos, mayor socialización y aprendizaje interpersonal.

Todo esto sucede en un ambiente de confianza y seguridad, bajo la mirada del Psicoterapeuta, donde pueden reproducirse y abordarse estos conflictos interpersonales y existenciales que traen los pacientes. Puede verse como un laboratorio donde se pueden explorar nuevas conductas alternativas y aplicar sus aprendizajes en el mundo exterior. 

 

Aportamos nuestros conocimientos y experiencias profesionales y personales, así como la empatía, comprensión y escucha necesaria para integrar la medicina y la psicología en el tratamiento y seguimiento de paciente con cáncer y sus familias.

Si estas interesado en participar en esta Terapia de Grupo  o si conoces a alguien que le pueda interesar ponte en contacto conmigo.

 

 

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